Sucesos que incomodan: Crítica de la vida nacional, política, noticias y columnas.

Justicia por propia mano

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El engreimiento del crimen en México es de por sí insoportable, pero en la Costa Chica de Guerrero, el pasado diciembre rebasó el tope de la miseria humana. Además de cobrar piso a los ganaderos más humildes o a los campesinos sembradores, además de secuestrar personas y robar hogares, los representantes locales del crimen iniciaron una práctica terrible.

Llamaban a una muchacha por celular y la citaban en un hotel de paso. “Pero ven sin tu familia”, decían, “o los matamos”. Las muchachas fueron, y fueron violadas. De esa hondura de denigración surgió la idea de las comunidades de armarse y tomar la Justicia en propia mano.

¿Y la policía?, le pregunto al comandante Ernesto, nombrado por su comunidad en El Mezón para defenderla. “Ja”, se ríe. “Son parte de los criminales y parte del Estado”. ¿Son la bisagra entre Estado y crimen? “Eso, son la bisagra”.

Tampoco fue una generación espontánea como aparecieron este enero las policías comunitarias en El Mezón y se replicaron de inmediato en otros seis municipios de la Costa Chica. Existía previa una organización. Desde hacía dos años las comunidades se habían organizado en la UPOEG, la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero, para solucionar problemas comunes.

Los recibos de la electricidad eran abusivos. Faltaban carreteras. Cuando llovía las carreteras desaparecían bajo el agua. Inevitablemente, llegaron al tema de la inseguridad y a la charla de cómo no vivir de hinojos ante el crimen. La solución de elegir a sus propios policías y armarlos fue consensuándose y cuando la indignación se derramó el 5 de enero pasado, con el secuestro del comisario de Rancho Nuevo, ya sabían qué hacer y cómo.

Y por supuesto la gente de la Costa Chica no es la primera en decidirse a tomar la Justicia en sus manos. Los ricos de México llevan una década haciéndolo. Los industriales, los comerciantes en grande, los artistas y los políticos van a cualquier sitio con sus escoltas particulares. Una aristocracia que igual que la gente de la Costa Chica descree del Estado y prefiere depender de sus propios recursos para garantizarse la seguridad y la de sus familias.

Carlos Hank Rohn viaja en un Mercedes Benz verde olivo blindado,  antecedido y seguido por dos camionetas con guardias armados con metralletas. Cualquier gobernador se mueve inmerso en una nube de protectores armados y conectados a una red de inteligencia. Gloria Trevi llega a sus citas en un restaurante precedida por dos primates de uno noventa metros de alto cada cual y empistolados bajo las chaquetas de cuero negro. El Niño Verde no asoma en una discoteca sin que sus guaruras hayan revisado antes el local con aparatos de alta tecnología.

Sería una hipocresía criminal que este gobierno no reconociera el derecho de la gente que no es rica y poderosa de también querer sobrevivir, y de sobrevivir además con dignidad. Así parece haberlo entendido hasta ahora el secretario de Gobernación, pues se ha reunido con los comandantes comunitarios y únicamente ha reprimido a las policías “espontáneas” de Michoacán, aduciendo que son narcos esbozados.

¿Y qué pasa si Gobernación de pronto lo repiensa y los reprimen?, le pregunto al Comandante Ernesto. “No estamos fuera de la Ley”, me responde. “El artículo 39 de la Constitución dice que el pueblo puede alterar su gobierno cuando éste ya no funcione. Y dice también que la autoridad emana del pueblo. En eso estamos, haciendo emanar la autoridad del pueblo”. Ya apasionado, sigue: “Nomás que nos digan (los del gobierno) qué han hecho en todo este tiempo, y nosotros les decimos qué hemos hecho en tan pequeño tiempo”. En efecto, impresionan los resultados. Desde enero hasta la fecha estos son los números del crimen en los municipios con policías comunitarias: 0 secuestros, 0 robos, 0 homicidios, 0 extorsiones.

Bueno, insisto, pero si neciamente los reprimen, ¿qué harían ustedes? “Pues tendrían un estallido social”, responde a sus 21 años el comandante Ernesto.

De cierto, dadas las circunstancias de México, un país donde únicamente el 2% de los crímenes reportados a la policía reciben sanción y se calcula que la mayoría de los crímenes ni siquiera son reportados, es decir: en un país donde un crimen se castiga sólo por milagro, las policías emanadas desde la comunidad son una muy buena idea.

Una idea que por buena ya está replicándose en otras poblaciones pequeñas y que lo más probable ya está platicándose en las juntas de vecinos de muchas colonias urbanas. “Mientras ellos (el gobierno) no solucionen la Justicia no nos vamos a ir”, dice tranquilo el comandante Ernesto. “Vamos a aumentar. Ya están copiando el modelo en otras 41 comunidades”. Se refiere a comunidades de Guerrero y otros estados. Pero más adelante se contradice y afirma: “Estamos para quedarnos”. Es decir, la idea le parece que rebasa este momento de crisis y debiera volverse el sistema de seguridad nacional.

Incluso él y el comandante Gonzalo, de Ayutla, van más allá: especulan que el modelo podría servir para otros menesteres públicos. Dice el comandante Gonzalo: “Para nosotros pareciera que esto es una revolución social de alguna forma…” A ver si entiendo, digo yo. Quieren que esto sea el principio de algo más grande, ¿es lo que dicen? Interviene el rector de la Universidad de los Pueblos del Sur, el profesor José Joaquín Flores: “El Estado debiera reconocernos como parte de su estructura de gobierno, y también resarcir todo el abandono en que nos ha tenido por siglos”.

Coincido. El gobierno debería observar en el fenómeno del surgimiento de las policías comunitarias como una nueva forma de afrontar la seguridad pública y otras funciones donde el Estado fracasa. En lugar de seguir intentando imponer desde arriba la autoridad, con tan poco éxito como hasta hoy, podría permitir que la autoridad florezca desde los ciudadanos y aliarse con ella para que funcione mejor.

No por cierto el método de establecer e impartir castigos, en eso también coincido con los comandantes. Linchar gente, quemar bandoleros, patear robapersonas, sería el regreso a la barbarie. Y porque las comunidades de la Costa Chica lo reconocen, han entregado a los criminales que apresaron a las autoridades estatales, para que los juzguen conforme a derecho. Aunque vale decirlo, los han entregado con bastante desconfianza.

Oye comandante Ernesto, ¿y cómo sabemos que ya acostumbrado a tu pistola y la autoridad que te confiere, no vas a convertirte en otro policía corrupto? Le causa risa la pregunta. “Pues me conoce mi gente, me ve mi gente, lo sabría mi gente, me despediría mi gente”.

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