Sucesos que incomodan: Crítica de la vida nacional, política, noticias y columnas.

La Tarahumara: Hambruna al estilo Somalia

La sequía que azota el norte del país causa graves daños por desnutrición y enfermedad a los rarámuris que habitan la Sierra Tarahumara, donde se padece una crisis alimentaria sin precedente. Los gobiernos federal y estatal no han sido capaces de responder adecuadamente ante esta emergencia humanitaria que podría agravarse aún más este año. En el año que pasó, adicionalmente, la falta de lluvias afectó a las cosechas de mariguana y amapola, sostén de muchos pueblos serranos

Marcela Turatti, Revista Proceso 1836
BOCOYNA, CHIH.- Cuando la sacaron de las barrancas de Urique y la ingresaron de urgencia en la clínica para rarámuris, Margarita estaba despellejada debido a la desnutrición extrema. Los médicos batallaron para encontrar dónde colocarle la aguja que pasaría el suero. No sobrevivió. Tenía tres años.
“Hace mucho que no se nos moría un niño por desnutrición. Este año el número de los que ingresan es similar a otros. La diferencia es que llegan más graves y se quedan hospitalizados más días. Comenzaron a llegar desde octubre, cosa que no ocurría porque esa es la época de las cosechas. Pero este año no hubo. Tampoco teníamos adultos con desnutrición grave y ahora hemos tenido 19, sin sumar a los que vienen con tuberculosis asociada a la desnutrición”, explica el jesuita Guadalupe Gasca, director de la clínica Santa Teresita de Creel, donde murió Margarita.
En el recorrido por ese hospital, dedicado a salvar vidas de los indígenas, se observan fotos pegadas en las paredes que datan de su fundación, en los setenta. Muestran niños rarámuris con panzas infladas y las costillas marcadas en la piel. Detrás del vidrio es posible ver esas mismas imágenes en vivo: niños y niñas en sus cuneros que fueron internados este invierno con los mismos síntomas que sus ancestros: estómagos inflados, huesos marcados en la piel, despellejamiento, palidez, diarreas asesinas, hinchazón general, inapetencia, llanto de desesperación.
En la sala A, o de terapia, está Adelina, de seis años, que ingresó un día después de Navidad con la piel quebrada. Tres días antes llegó una niña prematura con malformaciones, desnutrida desde que estaba en el útero. Una semana antes entró Luis Carlos, casi sin peso, con diarrea y neumonía, a punto del paro cardiaco.
En la sala B, para niños que salieron de la emergencia, está María Lucía, ahora de un año. Ingresó en septiembre, cuando pesaba tres kilos, dos menos de lo normal. Fernando llegó hinchado, con 10 engañosos kilos. Cuando se desinflaron los edemas que lo cubrían mostró su peso real: estaba casi en huesos y ahora ya le comienza a salir piel nueva.
Rogelio, de año y medio, ingresó con piernas y brazos encogidos, como si tuviera que protegerse de algo. Lloraba sin cesar y un médico creyó que tenía daño cerebral y poco tiempo de vida; sin embargo, ya se levanta de su cuna y sonríe.
“Esta es Malena. Antes no se podía ni sentar por debilidad. Ahora camina, se ríe. Parece sencillo pero es un logro que quieran comer o que sonrían, pues eso indica que poco a poco han ido agarrando fuerzas. Porque cuando llegan no piden nada, están acostumbrados a no comer; les tienes que dar poco a poco para no descompensarlos, porque su organismo ya se adaptó, y conforme se van recuperando comienzan a pedir y pedir”, dice la doctora Alejandra González al recorrer el pabellón, mientras acaricia a la niña que se ve sana aunque en noviembre presentaba desnutrición mixta: delgada de la cintura hacia arriba, gorda de la cadera a los pies, diarrea y neumonía.
Cuando estos infantes vuelven a pasar alimentos y recuerdan el sabor de la comida se alborotan desde los cuneros del puro escuchar el ruido que hacen las ruedas del carrito en el que les llevan la leche. Unos se ponen de pie, los más pequeños arquean la espalda, todos hacen fiesta a su manera.
Los que ya caminan son transferidos al área de nutrición, donde se les ve comer con ansia. Los primeros días roban comida a los otros compañeros hasta que se dan cuenta que alcanza para todos. Sólo a Jacinto –un travieso de siete años– parece que no se le quita el hambre y durante la comida esconde tortillas.
“Cuando vamos a dar de alta a un niño le comenzamos a bajar la cantidad de pollo y de leche, le quitamos la carne, le damos frijol, pastita, tortilla y papa, para que se vaya readecuando a lo que comía antes. Los das de alta cuando juegan, sonríen, tienen la piel y el pelo bonitos y sabemos que pueden resistir el ambiente que los espera, porque aquí aprendieron a pedir su comida y ya podrán defenderse. Aunque hay niños que nos dicen que no quieren irse a casa, sienten que no van a tener qué comer”, explica la religiosa que dirige la clínica, Juana Aguilar.
Ella está consciente de que 2012 será difícil: la desnutrición se asoma incluso en las comunidades con programas alimentarios de la Fundación Llaguno, donde lleva el control de talla y peso infantil. Y, como dice, este fenómeno se está agudizando porque la comida comienza a acabarse.
No únicamente en el hospital del Creel se advierten los efectos del hambre. En noviembre pasado, en el Hospital Infantil de Chihuahua murió por desnutrición un niño de tres años llamado Diego. Además, seis actas de defunción de adultos del municipio de Carichic, expedidas en 2011, refieren la desnutrición como causa de muerte.
Internado en un cuarto con otros adultos se encuentra Candelario, un anciano que calcula tener 80 años, pero las enfermeras saben que apenas tiene 60. Cuando se le pregunta cómo dejó su parcela dice: “Nada levantó ahora, ta’ seco”.
Sin cosechas
La sequía es la explicación al hambre que se pasea por la Sierra Tarahumara y que comienza a meter en apuros a 60 mil familias que desde octubre de 2011 y hasta la cosecha de octubre de 2012 no tendrán comida.
El gobierno estatal estima que aproximadamente 250 mil serranos resultaron damnificados por la helada atípica (de -20 grados) de febrero de 2011, que pulverizó la cubierta vegetal, y la sequía más severa del último medio siglo, que impidió que se lograran las cosechas de maíz y frijol e incluso mató el pasto para el ganado. Si en 2010 las cosechas dieron 180 mil toneladas de maíz, para 2011 rindieron sólo 500, y de 123 mil toneladas de frijol que se sacaban, el año pasado sólo se recopilaron 20 mil.
La escasez duplicó y en unos casos hasta triplicó el precio de los granos en la sierra. La sequía mató de sed a 200 mil animales de uso ganadero, casi la décima parte de los que existían. Disparó en 300% los precios de los forrajes con los que se alimentan.
“Los pastizales no se recuperaron, hubo que comprar pastura y como casi no hubo cosechas hay pocos rastrojos para alimentar al ganado, lo que elevó muchísimo el costo de los forrajes; además, los pocos que había los empezaron a llevar a Durango, Coahuila y Texas”, explica el exdiputado y asesor del Frente Democrático Campesino Víctor Quintana.
“Por la sequía no hubo temporada de cosecha de mariguana y amapola, y eso deteriora la economía de la sierra de todo el corredor de la droga. Desde octubre comenzamos a detectar en las comunidades que grupos de gente se metieron a robar comida, ya no los implementos de trabajo o las cobijas, sino la comida.
“También nos están contando que ha habido suicidios de padres de familia que salen de su casa a buscar alimentos y por la desesperación de no encontrarlos se tiran al vacío”, informa Martín Solís, de El Barzón, una de las organizaciones que el pasado 23 de octubre se movilizó para exigir un programa de atención a la crisis alimentaria.
“Se usarán los 115 millones de pesos del Seguro Catastrófico con el que indemnizarán las aseguradoras, pero la pérdida es de 3 mil 600 millones de pesos, estamos pidiendo que ese dinero se destine al problema del hambre que empezó en noviembre y acabará hasta octubre, si es que llueve; si no, otra vez no habrá cosecha”, dice el barzonista.
Felipe Calderón recorrió los estados afectados por la sequía y anunció para los municipios afectados recursos del Fondo Nacional de Desastres, subsidio al gasóleo (combustible que –critica Quintana– dejó de utilizarse) y la bancarización del programa Oportunidades.
Desde que el gobierno estatal reconoció el problema y exigió recursos a la federación, en los medios de Chihuahua se informa que en la Sierra Tarahumara se padece “hambre al estilo de Somalia”, que hay “hambruna generalizada”, “crisis alimentaria”, “emergencia humanitaria”, y se acompaña al gobernador César Duarte a las entregas de despensas.
“Estamos en una situación agrícola muy extrema y las ayudas son muy relativas, son despensas de uso electorero, muy puntual, y no para generar capacidades. Otra vez se acude al reparto de cobijas, despensas y ahora Calderón ofreció tarjetas de débito; la misma respuesta paternalista, de dádiva, en vez de revisar de fondo la situación de hambre estructural. ¿Dónde están las acciones de Estado para terminar con el hambre crónica en la Tarahumara?”
El jesuita Javier Ávila, director de la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos (Cosyddhac), reconoce la gravedad de la situación. Considera hipócritas las campañas de gobierno y les percibe un tufo electorero.
“Estas situaciones de emergencia no son extraordinarias en la Tarahumara, lo lamentable es que el gobierno nada más se acuerda de la gente que pasa hambre cuando sale en los medios. ¿Por qué no se preocupan del hambre todo el año? ¿Por qué no se preocupan de consultarlos antes de meterles proyectos turísticos que les acaban el agua? Ahora salen con su capa de redentor a decir: ‘Yo los voy a salvar del hambre’, y entregan sus despensas con el logotipo de gobierno ‘Chihuahua Vive’. Que no pretendan lavarse su conciencia trayéndole comida a los indígenas”, truena el sacerdote con 40 años en la sierra.
Proceso constató que los encargados municipales de la Coordinadora Estatal de la Tarahumara, la dependencia de gobierno que atiende alimentariamente a los indígenas, tiene que cubrir cuotas de acarreo de indígenas para el mitin del precandidato priista Enrique Peña Nieto, a realizarse este domingo 8 en Chihuahua.

La tierra yerma

“Está muy duro. No hubo nada-nada, ni un lado hubo porque estaba seco, no hay nada ni pa’ nosotros ni pa’ los animales, hasta con las gallinas estamos batallando, no tenemos maíz, les conseguimos gusanitos y dejé libre mi caballo pa’ que busque qué comer. Y orita está pior, como está todo caro, no se vende nada de artesanía”, dice la rarámuri María Martha Villalobos, artesana del visitado Valle de los Monjes, una pradera con piedras monumentales que, por sus curiosas formas, parecen talladas.
Su única posesión en este momento son 10 gallinas y un caballo flaco.
“A veces comemos pura tortilla con sal o si no, tenemos poquito frijol. A veces para hacerla rendir usamos Maseca, como si fuera maíz, lo batimos con agua y eso tomamos. Y en invierno está pior porque se hiela y no salen los quelites, los coles, las yerbas que comemos.”
María Martha intenta competir contra los otros rarámuris que llegan a los lugares turísticos a vender sus artesanías.
Adrián Aguirre, director de la Fundación del Empresariado Chihuahuense (Fechac), y que apoya un programa de trueque de artesanías por comida y capacitación, señala: “Subió a 100% la demanda del trueque de seis meses a la fecha, son indicativos de que la gente no tuvo cosechas, perdieron todo, ellos quieren hacer más artesanías pero no tenemos capacidad para venderlas. Tenemos las bodegas llenas, no sabemos a dónde donarlas”.
En recorridos por la sierra se ve un único paisaje: milpas de tierra removida con algo de paja seca. Los pastizales a la redonda están amarillos, secos, quebrados. Las vacas, los caballos y las chivas están sueltos procurándose sus propios alimentos. No se ve maíz guardado en las trojes. En algunas casas tampoco se observan varones: se fueron a la pizca o se arrimaron con parientes en las ciudades.
“Muchos salieron a Cuauhtémoc, pero no los contrataron fácilmente por la helada de las manzanas. Pasó lo mismo con los que se fueron a Sinaloa y ahora tuvieron que irse más lejos y hubo menos trabajo”, explica Luis Octavio Híjar, director de Operación de la Fundación Llaguno, que apoya a las comunidades con proyectos productivos y programas nutricionales.
“Este año no hubo ni pa’ los elotes, muy seco estuvo, ahí como se puede nos vamos ayudando unos a otros, los que tienen maíz añejo. Otros se fueron a las uvas a Hermosillo. No hay ni cañijote del maíz, nada, ni rastrojo pa’ los animales este año. Ahí andan pepenando zacate seco”, lamenta el anciano en muletas Macario Figueroa Batista en Sitáravo, donde cuida casas de una familia jornalera que emigró.
“No se vende tampoco la artesanía porque somos muchos vendiendo. Así que nos ayudamos de a poquito, damos poquito menos de frijoles en el plato, porque ahora no hubo nada, nada”, explica la artesana Martha González, de la comunidad Gonogochi, mientras teje una faja de estambre.
Los empresarios de Chihuahua, a través de Fechac, aportaron 60 millones de pesos para comprar comida y distribuirla en la sierra.
“Estamos en coordinación con el gobierno del estado que tiene dos meses otorgando despensas a 14 mil familias. Ellos salieron a la cabeza a hacer la entrega, nosotros seguimos, pero este proceso va a ser largo: vamos a tener que ayudar a 250 mil gentes para la subsistencia.
“Quisiéramos atacar las cuestiones de fondo y no dedicarnos todo el año a comprar alimentos, porque no creemos en eso de regalar despensas (siempre hemos creído en proyectos educativos, de cuidado del bosque, pozos profundos, desarrollo de oportunidades), pero necesitamos atender la emergencia”, dice Aguirre, quien coordina una campaña que pretende juntar otros 25 millones de pesos de ciudadanos para comprar alimentos.
Sabe que uno de los retos de la entrega será la inseguridad: están informados de que tres camiones que salieron de Namiquipa con granos fueron asaltados.
Contra el asistencialismo
Veinte organizaciones sociales con presencia en la sierra se reunieron para diseñar la manera de lograr que la ayuda que llegue se entregue dialogando con la comunidad para hacer faenas dedicadas al cuidado o mejoramiento de los recursos naturales y que promuevan la autosustentabilidad alimentaria.
“Estamos buscando que el reparto sea a través de empleos temporales que incidan en el cuidado del medio ambiente y de sus tierras, reforestación, hacer zanjas. Aprovechar esta coyuntura de escasez para tomar conciencia del mayor cuidado de los recursos. Aunque los rarámuris siempre los han cuidado, somos los blancos los que los hemos llegado a acabar y a contaminar”, explica Aidé Montaño, coordinadora operativa del Centro de Desarrollo Alternativo Indígena (Cedain), de la red.
Híjar señala que la red también se creó para evitar el asistencialismo y el uso político de la ayuda.
“Le dijimos al gobierno que queremos que ellos se sumen al trabajo de las organizaciones de la sociedad civil y nos dejen repartir las despensas; que si estaban dispuestos a dejar de repartir la comida con sus logotipos de ‘Chihuahua Vive’ para hacer un blindaje electoral, que aprovecharan la oportunidad para ir a las causas, que dejaran de hacer de bomberos cada año en vez de revisar por qué cada año pasa lo mismo, y que se den las despensas a cambio de trabajo –dialogado con las comunidades– para atacar las causas, como limpieza de bosques para evitar incendios, retención de agua, rotación de cultivos, y no lo de siempre, como reparación de caminos. Pero el gobierno del estado parece que ya pintó su raya y dice ‘voy a seguir repartiendo como se me antoje’”, critica el jesuita Ávila, integrante de la red.
Entrevistado al respecto, Jesús Escárcega, encargado de la Coordinadora Estatal de la Tarahumara con oficinas en Creel y atención a cinco municipios, es optimista. “Este problema (del hambre) sí se va a solventar porque nuestro gobernador, el licenciado César Duarte, está muy atento y le está dando prioridad”, dice mientras señala que pronto comenzarán la entrega de despensas y mantendrán el apoyo alimentario a los albergues infantiles, además de la entrega de material.
Mientras en Chihuahua se discute cómo debe hacerse la entrega de las despensas, los rarámuris que permanecen en sus tierras están en temporada de festejos que, como dice Montaño, “las fiestas son algo más que una oportunidad de juntarse, es el único momento en que comen carne”.
Híjar agrega: “Ellos son diferentes a nosotros: cuando hay crisis acaparamos y el rarámuri hace fiestas para que el que tiene comparta y el que no, se acerque a donde hay y le dan. Es su manera de distribuir los alimentos. Pero las fiestas se acaban el Día de la Candelaria.
Y en ese momento vendrá la escasez fuerte. El reto ahora es aprender a vivir en esta situación de climas extremos, de falta de agua, lluvia a destiempo, falta de nieve y heladas fuera de temporada, y ver cómo aprendemos a vivir ante esta situación”.

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